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Cuando descubrí que Pablo no escribió solo

Escribas, dudas y una fe que aprende a respirar

Por Merly Abondano



Hay temas que uno preferiría no escuchar nunca en la iglesia.


En un curso de estudios bíblicos, mientras investigábamos el origen de las cartas en la literatura antigua, me encontré con una postura que me cayó como un balde de agua fría:


“Efesios, Colosenses, 2 Tesalonicenses y las cartas pastorales probablemente no son de Pablo; fueron escritas por discípulos, usando su nombre.”


Yo no soy de las que se quedan calladas. Levanté la mano, hice preguntas, discutí, intenté entender los argumentos. Pero, aunque la conversación seguía en tono académico, por dentro algo se me movía profundamente:


“Si esto es así, ¿qué hago con mi Biblia? ¿Con todo lo que he escuchado siempre de ‘Pablo dijo…’?”


No era solo una curiosidad académica. Era un golpe al corazón.Si esas cartas no son de Pablo, ¿puedo confiar en ellas?Y, más al fondo: ¿puedo confiar en un Dios que permite que su propio libro venga con autores “falsos”?


Esa minicrisis me acompañó durante meses. Tal vez tú has pasado por algo parecido, o estás justo ahí ahora.


Mucho antes de ese curso ya había algo que no terminaba de cuadrarme cuando leía las cartas pastorales. Había textos y frases que, en mi contexto, se usaban para limitar a ciertas personas en la iglesia, y mi espíritu sentía una tensión entre esas lecturas y el rostro de Jesús que veía en los evangelios. No voy a entrar en ese tema aquí, pero esa incomodidad hizo que todo lo relacionado con la autoría paulina y la interpretación de las cartas no fuera un asunto teórico para mí, sino algo que tocaba mi vida muy de cerca.


Con el tiempo, Dios usó varias cosas para calmar mi corazón:la oración, conversaciones con amigos y también la lectura de un estudio de Lincoln H. Blumell sobre los escribas en el mundo antiguo y las cartas de Pablo. Ese artículo fue como abrir una ventana en una habitación que yo creía cerrada con llave.


Lo que quiero hacer en este artículo no es darte una clase técnica, sino contarte el camino que recorrí y cómo, curiosamente, entender que Pablo no escribía solo terminó fortaleciendo mi confianza en la Biblia y en la obra del Espíritu Santo.


1. Mi choque con “las cartas que no son de Pablo”


La primera vez que vi los argumentos sonaban muy serios y muy científicos:

  • “Estas cartas usan un estilo diferente.”

  • “Tienen frases muy largas, más subordinadas.”

  • “El vocabulario cambia: hay muchas palabras que no aparecen en las ‘cartas auténticas’.”

  • “Por eso, deben haber sido escritas por otra persona, usando el nombre de Pablo.”


Recuerdo estar en la biblioteca, leyendo una lista:“Cartas genuinas: Romanos, 1–2 Corintios, Gálatas, Filipenses, 1 Tesalonicenses, Filemón.Cartas discutidas: Efesios, Colosenses, 2 Tesalonicenses, 1–2 Timoteo, Tito.”


Mi reacción fue muy emocional, no académica:

  • “¿Entonces he leído Efesios toda mi vida y quizá no es de Pablo?”

  • “¿Y la teología de las Pastorales? ¿La vocación, los ancianos, la vida de iglesia…?”

  • “Si ya no sé quién escribió qué, ¿cómo hablo de ‘inspiración’ sin sentir que todo es frágil?”


Intenté no pensar en ello. Pero cada vez que abría una de esas cartas “discutidas”, la duda volvía a susurrar:“¿Y si esto es solo un discípulo anónimo inventando en nombre de Pablo?”


2. Un descubrimiento incómodo: Pablo no se sentaba solo con un pergamino


En mi seminario de estudios bíblicos, mi profesor nos dio una tarea que me marcó: leer tres artículos de Lincoln H. Blumell sobre cartas antiguas y, además, partes de su tesis doctoral. No era una simple lectura opcional; formaba parte del módulo sobre “orígenes epistolares del cristianismo”.


Fue precisamente en esos textos donde por primera vez vi, con detalle y con evidencia histórica, algo que casi nadie me había explicado en la iglesia: que Pablo no trabajaba como un “autor solitario frente a un pergamino”, sino en equipo, con escribas y colaboradores.


Durante esos estudios de Blumell me encontré con un tema del que casi nadie me había hablado: los escribas. Hasta entonces, en mi cabeza, la imagen era simple: Pablo, pergamino en mano, escribiendo cada palabra personalmente mientras el Espíritu Santo se la dicta casi al oído. Una especie de “Pablo y el Espíritu, versión máquina de escribir”.

Pero el mundo del siglo I no funcionaba así.


2.1. Imagínate el mundo sin teclados


Imagina por un momento:

  • No hay ordenadores,

  • no hay impresoras,

  • no hay WhatsApp,

  • ni siquiera hay un bolígrafo barata.


Todo se escribe a mano.Cada copia de una carta requiere tiempo, habilidad y práctica.


Por eso, en ese mundo existían los escribas:personas entrenadas para escribir rápido, bonito y correctamente. Como una mezcla de secretario, taquígrafo, corrector de estilo y, a veces, casi coautor.


Trabajaban:

  • para políticos,

  • para comerciantes,

  • para gente analfabeta,

  • y también para autores que preferían dictar y delegar.


Un ejemplo que me ayudó mucho fue Cicerón. Él sabía escribir, claro. Pero dictaba muchas de sus cartas a un secretario llamado Tiro, y luego él mismo elogiaba cómo Tiro lograba mejorar el estilo, pulir frases, ordenar ideas.


De pronto me di cuenta: Pablo vivía en ese mismo mundo.No era un extraterrestre con un método de escritura ajeno a su cultura.


Materiales de escritura: papiro y tablillas


Además, escribir no era solo cuestión de “tener tiempo”, sino también de lidiar con materiales lentos y caros. En el mundo de Pablo:

  • No existía el papel moderno como lo conocemos hoy.

  • Para las cartas formales se usaba sobre todo papiro, en hojas o rollos, que era costoso y no se desperdiciaba.

  • Para borradores, notas rápidas y ejercicios, se utilizaban con frecuencia tablillas enceradas: pequeñas tablas de madera cubiertas de cera, donde se escribía con un punzón y luego se podía alisar la superficie para reutilizarlas.

  • También se podían usar tiestos de cerámica (ostraca) para mensajes breves.


Todo esto hacía que escribir fuera:

  • lento: había que preparar los materiales; no se borraba con un clic,

  • caro: el papiro costaba, así que no se hacían diez versiones de prueba,

  • técnico: escribir de forma clara y legible era una habilidad profesional, no algo que cualquiera dominara.


En ese contexto, tiene aún más sentido que Pablo trabajara con escribas: no era solo una cuestión de estilo, sino también de logística. El escriba conocía los materiales, sabía aprovechar el espacio del papiro, planificar el texto y, probablemente, usar tablillas para esbozar partes del contenido antes de pasarlo a la copia definitiva.



2.2. Tres formas de trabajar con un escriba (y ejemplos de hoy)


Blumell muestra que, más o menos, los escribas podían trabajar de tres maneras. Yo lo entendí mejor traduciéndolo a “lenguaje 2025”:

  1. El escriba como “grabadora humana”


    Es como cuando abres la app de notas de voz y alguien transcribe palabra por palabra.

    • Pablo dicta: “Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios…”,

    • el escriba escribe casi exactamente eso,

    • luego pasa la versión “limpia” en el rollo final.


Aquí el escriba es como una impresora: pone en papel lo que oye.


  1. El escriba como “corrector de estilo”


    Imagínate que escribes un email importante y se lo das a una amiga que escribe mejor. Ella:

    • corrige la gramática,

    • cambia alguna frase larga por dos cortas,

    • reordena una frase para que suene más claro,

    • pero no cambia tu intención.


Algo así podían hacer los escribas:partían de un borrador o de un dictado y lo pulían.


  1. El escriba como “coautor práctico”


    Este es el que más nos cuesta aceptar, pero era real.


Piensa en esto:

  • Tú le dices a alguien: “Quiero enviar una carta a la iglesia de Éfeso. Diles que…”

  • Le das los puntos: “habla de la unidad, de la reconciliación en Cristo, de la vida nueva, de cómo deben vivir las familias, etc.”

  • Esa persona, que te conoce bien, redacta casi todo el texto, con su estilo, sus conectores, sus frases favoritas.

  • Tú lees (o escuchas) y dices: “Sí, eso es lo que quiero decir. Envíala.”

¿De quién es la carta?

  • El mundo antiguo respondería: “De Pablo.”

  • Porque es su autoridad, su mensaje, su encargo, su firma.


Cuando entendí esto, algo empezó a hacer clic:no se trataba de un truco moderno para “salvar la Biblia”, sino de reconocer cómo funcionaba realmente la comunicación escrita en aquellos tiempos.


3. Me encontré a los escribas dentro de la propia Biblia


Lo que más me sorprendió fue descubrir que la Biblia no esconde esta realidad. Al contrario, la deja ver en pequeños detalles que yo había leído muchas veces… sin verlos.


3.1. El día que leí Romanos 16:22 “con otros ojos”


Estudiando nuevamente Romanos en el seminario, vi con otros ojos este versículo:”


“Yo, Tercio, que escribí la carta, os saludo en el Señor.” (Rom 16:22)


Siempre lo había pasado por alto, como si fuera un detalle simpático sin importancia.

Pero esta vez me detuve.


“Yo, Tercio, que escribí la carta…”


No dice: “que copié un resumen” o “que pasé en limpio una nota”.Dice, simplemente, “escribí la carta”.


Eso significa que:

  • Pablo es el autor en el sentido de autoridad y contenido.

  • Pero la mano que recorre el pergamino y va dando forma a Romanos es la de un escriba llamado Tercio.


Me imaginé la escena:

  • Pablo caminando, hablando, dictando,

  • Tercio tratando de seguir su pensamiento,

  • quizás preguntando: “¿Repito esto así o lo resumo?”,

  • puliendo frases, corrigiendo, dando estructura.


De repente, Romanos dejó de ser un monólogo abstracto y se volvió una escena viva de colaboración.


3.2. Las “firmas” de Pablo al final de las cartas

Luego empecé a fijarme en esos versículos que siempre me parecían meras fórmulas piadosas:

  • “Yo, Pablo, os escribo esta salutación de mi propia mano…” (1 Co 16:21)

  • “La salutación de mi mano, de Pablo…” (Col 4:18)

  • “Yo, Pablo, lo escribo de mi propia mano…” (Flm 19)

  • “La salutación es de mi mano, de Pablo, que es signo en toda carta mía; así escribo yo.” (2 Tes 3:17)


Antes los leía como: “Ah, mira, qué cariñoso, firma al final”.


Pero si los unes con lo que sabemos de los escribas, se ve un patrón:

  1. Un escriba redacta el cuerpo de la carta.

  2. Pablo toma la pluma al final y escribe unas líneas “con su propia mano”, que funcionan como

    • saludo,

    • firma,

    • sello de autenticidad.


2 Tesalonicenses lo hace todavía más explícito:Pablo habla de gente que anda enviando “cartas como si fueran nuestras” (2 Tes 2:2).Y luego dice que su firma al final es la marca en toda carta mía (3:17).


Eso me hizo pensar:Pablo no solo conocía el problema de la pseudonimidad, sino que luchaba contra ella, precisamente usando ese gesto:un pequeño trozo escrito de su propia mano al final de cartas que habían sido redactadas, muy probablemente, por escribas.


3.3. Jeremías y Baruc: un patrón antiguo


Todo esto resonó con otra historia que siempre me había parecido curiosa: la de Jeremías y Baruc.


En Jeremías 36, Dios manda al profeta escribir todas las palabras que le ha hablado.¿Y qué hace Jeremías?


“Y llamó Jeremías a Baruc hijo de Nerías; y escribió Baruc de boca de Jeremías en un libro todas las palabras de Jehová que él le había hablado.” (Jer 36:4)


No es Jeremías quien toma la pluma.Es Baruc, el escriba.

Y aun así, cuando el texto se cita, nadie dice: “Bueno, eso no es palabra de Dios porque la mano que escribió se llama Baruc”.Seguimos diciendo: “Así dice el Señor”, “dijo Jeremías”.


Comprender que este patrón ya existía en el AT me ayudó muchísimo.La inspiración no se rompe porque Dios use un equipo en lugar de un individuo aislado.


4. ¿Y qué pasa con la inspiración y la inerrancia?


Aquí llega el punto más delicado.Porque muchas veces el debate sobre Pablo y los escribas no es solo histórico, sino emocionalmente teológico.


Yo me di cuenta de que, en el fondo, mi miedo era este:


“Si Pablo no escribe cada palabra con su propia mano, entonces toda nuestra doctrina de inspiración se desmorona.”


Pero la Biblia misma me obligó a rehacer esa imagen.


4.1. Textos que conocemos, pero que quizá no habíamos mirado así


Dos textos sobre inspiración los sabemos casi de memoria:

  • 2 Timoteo 3:16–17

“Toda la Escritura es inspirada por Dios (theopneustos, soplada por Dios) y útil para enseñar, redargüir, corregir e instruir en justicia…”

  • 2 Pedro 1:20–21


“Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.”


Lo que me llamó la atención, leyéndolos en medio de toda esta discusión, fue:

  • No dicen cómo exactamente se ve esa inspiración en el proceso humano.

  • No especifican si el profeta debe escribir con su propia mano o puede dictar a otro.

  • Lo que sí recalcan es que la iniciativa es de Dios y que el Espíritu Santo está implicado en la comunicación.


Luego miré otros textos:

  • Jesús promete que el Espíritu “enseñará y hará recordar” sus palabras (Jn 14:26).

  • Pablo habla de palabras enseñadas por el Espíritu, no por sabiduría humana (1 Co 2:13).

  • El autor de Hebreos cita el AT diciendo: “El Espíritu Santo dice…” (Heb 3:7; 10:15).

  • En Apocalipsis, las cartas a las iglesias terminan con: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.”


La Biblia misma no tiene miedo de decir:

Lo que lees en el rollo—con toda su historia humana detrás—es lo que el Espíritu dice.


Eso me ayudó a dar un paso más:


4.2. De una inspiración “mecánica” a una inspiración “encarnada”


Muchos de nosotros hemos imaginado la inspiración como algo así:

  • Dios dicta,

  • el autor escribe,

  • todo es perfecto de una vez,

  • y no hay casi nada humano en medio, solo una mano obediente.


Pero la Biblia que tenemos delante no funciona así:

  • Hay genealogías contadas de maneras distintas,

  • cuatro evangelios con diferentes ángulos,

  • salmos que nacen de la rabia, del miedo, de la alegría,

  • cartas que mezclan saludo, teología y temas muy cotidianos.


Y, además, un proceso histórico complejo de:

  • escribas,

  • copias,

  • traducciones,

  • correcciones.


En vez de asustarme, empecé a verlo como una continuación del propio evangelio:


Así como Jesús es la Palabra de Dios hecha carne,la Escritura es la Palabra de Dios hecha texto humano,con todo lo que implica entrar en una cultura, un idioma, una tecnología concreta.


En esa perspectiva, la inspiración no se rompe porque haya un Tercio, un Baruc o un escriba anónimo detrás. Al contrario: se hace más profunda, más encarnada, más honesta.


Mucho de esto también resuena con lo que he aprendido leyendo a autores como C. S. Lewis: una visión de la Biblia no como un dictado mecánico fuera de la historia, sino como una Palabra de Dios que entra en nuestra carne, en nuestros idiomas y procesos humanos, sin dejar de ser verdaderamente suya.

 

5. ¿Entonces qué hacemos con las diferencias de estilo?


Volvamos a la pregunta inicial:Si Efesios, Colosenses, 2 Tesalonicenses o las Pastorales “suenan distinto”, ¿eso significa que no son de Pablo?


A la luz de todo esto, tengo que responder:


No necesariamente.Es posible que reflejen otro escriba,o un escriba con más libertad,o otra etapa de la vida y ministerio de Pablo.


5.1. Un ejemplo cotidiano


Imagina que tú escribes tres tipos de textos:

  1. Mensajes de WhatsApp a tu mejor amiga.

  2. Un informe técnico para tu jefe.

  3. Un devocional que va a salir publicado en un libro.


¿Suenan igual?Probablemente, no.

  • Vas a usar frases distintas,

  • vocabulario distinto,

  • tono distinto.


Ahora añade otro factor:

  • El informe técnico lo revisa una colega que escribe mucho mejor.

  • El devocional lo redactas primero hablando en voz alta, y otra persona lo transcribe y pule.


Si alguien, dentro de 200 años, analiza solo el estilo, podría decir:

  • “Este WhatsApp y este devocional no pueden ser de la misma persona. La sintaxis y el vocabulario son demasiado distintos.”


Y, sin embargo, tú sabes que en los tres estás tú, con distintas manos ayudando, en contextos distintos.

¿Por qué nos sorprende tanto que a Pablo le pase lo mismo?


5.2. Estilo plástico, mensaje coherente


Lo que finalmente me dio paz no fue pensar:“Ah, entonces todo encaja perfecto y no hay ninguna pregunta difícil.”


No. Siguen habiendo textos complejos y detalles que no entiendo.


Pero vi algo:

  • El estilo puede ser plástico, cambiar, adaptarse, ser influido por un escriba.

  • El mensaje central, la visión de Cristo, la gracia, la iglesia, sí mantiene una profunda coherencia entre cartas “indiscutidas” y “discutidas”.


Cuando leo Efesios, no puedo evitar ver al mismo Pablo de Romanos,extasiado ante la gracia,maravillado ante el plan de Dios de reunir todo en Cristo,rogando que la iglesia viva lo que es.


Cuando leo 1 Timoteo o Tito, veo a un pastor mayor preocupado por comunidades concretas, con problemas concretos, intentando dejar instrucciones prácticas a colaboradores que ama.


¿Puede haber diferencias de vocabulario y de forma? Sí.¿Significa eso que el autor ya no es Pablo? No necesariamente.En el mundo de los escribas, eso es justamente lo que cabría esperar.


6. Un “no” a la literalidad rígida, un “sí” al Espíritu Santo


Todo este tema también me obligó a revisar otra cosa:mi tendencia (o la de muchos ambientes evangélicos) a querer una Biblia literalista, que no deje espacio para contexto, principio, proceso.


6.1. Principios en un contexto cambiante


Si acepto que:

  • Dios inspiró su Palabra en contextos concretos,

  • con tecnologías concretas (escribas, rollos, cartas),

  • con culturas que no son las mías,


tengo que aceptar también que:

  • no todo lo que está en la Biblia es directamente transferible como forma,

  • pero sí podemos y debemos discernir los principios que atraviesan las formas.


Ejemplo sencillo:

  • En el NT no hay una campaña abolicionista clara contra la esclavitud.

  • Sin embargo, los principios de dignidad, igualdad en Cristo, amor al prójimo y justicia contienen la semilla de lo que siglos después llevará a muchos cristianos a pelear contra la esclavitud.


Lo mismo con otros temas que nos duelen hoy:

  • el lugar de la mujer,

  • las estructuras de poder,

  • los modelos de liderazgo.


Si hay variación incluso en el estilo y vocabulario de las cartas, ¿por qué nos sorprende que haya variación en ciertas aplicaciones concretas?Eso no destruye la inspiración. Nos obliga a hacer lo que Jesús mismo hacía: ir al corazón del mandamiento.


6.2. Confiar en el Espíritu más que en el control


Al final, esta fue la transformación más importante en mi corazón:


Antes, mi seguridad estaba (sin que yo lo supiera) en una Biblia que yo podía controlar:todo encaja, todo es uniforme, no hay huecos, no hay procesos, no hay historia.


Eso parece muy piadoso, pero en realidad deja poco espacio para el Espíritu y mucho espacio para mi necesidad de control.


Dios me invitó a algo más arriesgado y más hermoso:

  • Confiar en que el Espíritu Santo

    • inspiró la Palabra,

    • acompañó los procesos humanos (incluidos los escribas),

    • y hoy sigue hablando a través de ese texto,

    • enseñando, corrigiendo, consolando, guiando a la iglesia.


No necesito tener respuestas exhaustivas a cada detalle estilístico para poder decir:


“Señor, hablas aquí.A través de Romanos, de Efesios, de las Pastorales…A través de Pablo, de Tercio, de los escribas anónimos,sigues hablándonos hoy.”


7. Para ti que estás en plena crisis con Pablo


Quizá has llegado hasta aquí porque alguien te dijo:

  • “Tal carta no es de Pablo.”

  • “Todo esto es pseudonimia y ficción piadosa.”

  • “La Biblia está llena de máscaras literarias.”


No te quiero dar un atajo fácil.Las preguntas son reales, y la investigación honesta no es enemiga de la fe.


Pero sí quiero decirte esto, desde mi propia lucha:


  1. No tengas miedo de mirar la realidad histórica de frente.

    Pablo no escribía solo; usaba escribas, colaboradores, mensajeros.

    Eso no rebaja la Biblia; la hace más real.


  2. No permitas que un argumento basado solo en “estilo” robe tu paz.

    Un mismo autor puede sonar distinto en contextos distintos y con manos distintas ayudando.


  3. Deja que el Espíritu Santo sea más grande que tu esquema de inspiración.

    Él estuvo al principio, está en el proceso y está hoy, cuando abres el texto y lo lees.


  4. Vuelve a las cartas con esta nueva mirada.

    Lee Romanos pensando en Tercio.

    Lee Gálatas imaginando a Pablo tomando la pluma al final “con letras grandes”.

    Lee 2 Tesalonicenses recordando que él mismo se preocupa por las cartas falsas y firma para evitarlas.


Verás que, lejos de perder a Pablo, lo encuentras más humano, más cercano, más en red.Y, sobre todo, verás a un Dios que no tiene miedo de encarnar su Palabra en pergaminos, en escribas y en historias como la tuya y la mía.

 
 
 

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