Cuando la alabanza deja de ser un show
- Merly Abondano
- 12 dic 2025
- 8 Min. de lectura
Soñando Oase: un espacio pequeño para un Dios grande
Por Merly Abondano

Hay domingos en los que salimos del culto más cansados que edificados.Luces, humo, volumen, cambios de canción, instrucciones, transiciones… y en medio de todo eso, el corazón intentando encontrar un lugar donde simplemente poder respirar delante de Dios.
A mí me ha pasado muchas veces.
He estado en reuniones donde el equipo de alabanza lo da todo con buena intención, pero el formato empuja a otra cosa: escenario alto, focos apuntando hacia los músicos, la banda sonando impecable… y una asamblea que, sin querer, se convierte en público que observa, compara, filma, evalúa.
En esos momentos, algo dentro de mí se encoge.No porque la música esté “mal”, sino porque siento que el centro se desplazó: del rostro de Cristo al performance, de la comunidad a la producción, del corazón a la técnica.
No solo los cultos “tipo concierto” pueden ser un problema; también un culto muy correcto pero demasiado rígido puede dejar poco espacio para que la iglesia responda con libertad y honestidad delante de Dios.
De esa incomodidad –y también de una profunda hambre de algo más sencillo y honesto– nació en mí este sueño que he llamado Oase: un modelo de alabanza comunitaria pequeña, íntima, participativa, que quiere fomentar una dinámica más comunitaria que autoritaria, más relacional que jerárquica.No es una marca, ni una franquicia, ni la “forma correcta de culto”. Es, simplemente, un intento de volver a lo esencial.
Hoy quiero contarte de qué se trata.
Oase nació hace cinco años en una iglesia en Aachen; en Frankfurt aún nadie lo conoce, porque por temas de salud no pude continuarlo, pero ahora que tengo fuerzas de nuevo quiero volver a compartirlo.
Un círculo en vez de un escenario
Cuando imagino Oase, no veo una Bühne, un escenario distante.Veo unas 20–30 personas en círculo o semicírculo, todas a la misma altura. Músicos y asamblea juntos, sin separación visual, como un signo sencillo de algo muy profundo:
“Todos somos sacerdotes, todos estamos invitados al mismo Dios.”
En ese espacio:
no hay “arriba” y “abajo”,
no hay “protagonistas” y “público”,
hay personas con diferentes dones que se sirven mutuamente.
Cristo es entendido como el centro real del encuentro, no el equipo de alabanza.Si alguien “brilla”, que sea Él.
La música sigue ahí, claro. Hay guitarras, piano, voces y también percusión: a veces un cajón, a veces batería completa, según lo que tenga sentido para el momento. No se trata de que todo sea siempre “suave”, sino de tocar con escucha y sensibilidad, pudiendo subir o bajar la intensidad juntos. La atmósfera no es de concierto, sino de sala de estar espiritual, donde cantamos juntos, oramos juntos, lloramos juntos.
En ese pequeño círculo se da lugar a cosas que, en un formato grande, casi siempre quedan apretadas o imposibles:
free singing: cánticos nuevos, espontáneos, donde alguien empieza a cantar una frase sencilla y los demás la siguen;
oraciones cortas, desde la silla, sin micrófono;
lecturas bíblicas breves;
silencios en los que nadie tiene que “llenar” el aire;
confesiones sencillas o testimonios cortos;
libertad para quien necesite danzar, dibujar, escribir, arrodillarse, incluso acostarse en el suelo durante un rato.
No se trata de crear un “circo espiritual”, sino un espacio donde el cuerpo también pueda expresar lo que el corazón vive.
Y algo clave para mí:
La música no es un show ni un producto, sino un canal frágil y humano para responder a Dios.
La alabanza como vida entera
¿Por qué siento que necesitamos algo así?
Porque, cuando leo la Biblia, descubro que la adoración no se agota en la música.La música es hermosa, poderosa, bíblica, sí… pero es solo una expresión de algo mucho más amplio.
Pablo escribe en Romanos 12:1 que presentemos nuestros cuerpos como sacrificio vivo, y llama a eso nuestro “culto racional”. Ahí no hay guitarras ni micrófonos: hay vida entera.
En 1 Corintios 10:31 dice:
“Sea que comáis o bebáis, o hagáis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.”
Y en Colosenses 3:17 insiste:
“Todo lo que hacéis, de palabra o de hecho, hacedlo en el nombre del Señor Jesús…”
Cuando dejo que esas palabras me atraviesen, tengo que admitir algo:
No existe “música cristiana” como un género mágico separado del resto,lo que existe es un pueblo santo, que cuando canta, trabaja, ama, cocina, estudia o descansa, puede hacerlo para la gloria de Dios.
Entonces, ¿qué es una noche de alabanza?
Para mí, Oase quiere ser:
un momento concentrado de algo que debería ser permanente: la vida como adoración;
un laboratorio espiritual, donde entrenamos una postura del corazón que luego queremos llevar al lunes, al trabajo, a la cocina, al metro, al cuarto en silencio.
Música, instrumentos y “cántico nuevo”
A veces nos enredamos pensando si Dios prefiere un estilo u otro, si el volumen, si la batería, si el órgano, si el himno o el worship moderno. Pero la Biblia no canoniza un género.
Lo que sí vemos es:
Desde Jubal, llamado “padre de todos los que tocan arpa y flauta” (Gn 4:21), la música acompaña la historia humana.
Dios manda trompetas en Números 10 para convocar y celebrar.
En la época de David y del templo, hay un despliegue impresionante de música y danza delante de Dios (2 Sam 6; 1 Cr 15–16; 23; 25; 2 Cr 5; 29).
El libro de los Salmos explota en el Salmo 150: “Todo lo que respira alabe a Jehová”, con una lista de instrumentos que parece banda completa.
En el Nuevo Testamento ya no aparece una “orquesta levítica”, pero el canto sigue ahí:
Jesús y sus discípulos cantan un himno después de la Cena (Mt 26:30).
Las iglesias son llamadas a cantar “salmos, himnos y cánticos espirituales” (Ef 5:19; Col 3:16).
Hebreos habla del “sacrificio de alabanza, fruto de labios”.
En Apocalipsis, los ancianos llevan arpas y cantan cánticos nuevos delante del Cordero.
¿Qué saco de todo eso?
La música y los instrumentos son un don creacional y un medio legítimo de alabanza.
Pero ni el AT ni el NT fijan un estilo musical concreto ni un formato técnico de culto.
Por eso, en Oase:
Es totalmente legítimo usar estilos contemporáneos…
…pero sin caer en la lógica del show.
Yo siento que el Señor me invita a simplificar:
menos volumen,
más voz desnuda,
más silencios,
más participación de muchos, no solo del micrófono principal.
Y aquí entra algo que amo profundamente: el cántico nuevo.
Los Salmos hablan una y otra vez de eso: cantar al Señor un cántico nuevo (Sal 33, 40, 96, 98, 144, 149).En el NT se mencionan “cánticos espirituales”, sin especificar si eran rígidamente estructurados.
Para mí, el free singing es una forma contemporánea de ese cántico nuevo:
alguien empieza a cantar una frase sencilla, quizá un versículo,
la comunidad la toma, la repite, la adapta,
otros añaden armonías,
algunos oran en voz alta entre medio,
y poco a poco se va tejiendo un diálogo sonoro con Dios.
No es improvisar por improvisar; es responder a lo que el Espíritu está haciendo, a la luz de la Palabra y en amor mutuo.
Un cuerpo donde todos participan
Otra cosa que me marcó al soñar Oase fue releer el Nuevo Testamento con la pregunta:“¿Cómo se imaginaba Pablo una reunión de iglesia?”
En 1 Corintios 12–14, Pablo habla de la iglesia como cuerpo, donde cada miembro tiene algo que aportar. Luego suelta una frase que siempre me desafía (1 Co 14:26):
“Cuando os reunís, cada uno tiene salmo, doctrina, lengua, revelación, interpretación…”
No dice: “Cuando os reunís, el worship leader tiene todo”.Habla de una comunidad multivocal, donde muchos contribuyen.
También Pedro describe a los creyentes como sacerdocio santo (1 Pe 2:5,9).No hay una casta especial de “profesionales espirituales”; todos somos invitados al Lugar Santísimo, gracias a Cristo.
Por eso, el modelo circular e íntimo de Oase no es solo una bonita idea estética. Quiere expresar tres convicciones:
Todos somos sacerdotes: no hay “élite del escenario” y masa espectadora.
El cuerpo tiene muchos miembros activos: una frase, una oración, una melodía sencilla, todos pueden aportar algo.
La cercanía física facilita la comunión: vemos el rostro del otro, percibimos su llanto, no nos escondemos tanto.
¿Hay riesgo de caos? Claro.Por eso Pablo también insiste en orden, amor y edificación:
el amor es la medida de todo (1 Co 13),
todo debe edificar (1 Co 14:12, 26),
Dios no es Dios de confusión (1 Co 14:33, 40).
En Oase, la libertad no significa “cada uno hace lo que quiere”, sino:
“Queremos dar espacio al Espíritu, cuidando a los más débiles y escuchando juntos qué construye y qué no.”
¿Y qué tiene que ver David y su tabernáculo?
Quizá has escuchado hablar del “tabernáculo de David” como modelo de adoración.A mí me inspira esa imagen de:
una tienda sencilla,
el arca de la presencia en medio,
músicos y cantores sirviendo continuamente,
un pueblo con acceso libre y gozoso.
Pero también sé que:
Cristo es ahora el verdadero templo,
y la iglesia, el edificio espiritual (Ef 2:21–22).
Por eso, no quiero copiar literalmente un modelo arquitectónico o ritual del Antiguo Testamento.Lo que tomo de David es el corazón: la pasión por la presencia de Dios, la alegría, el acceso libre.
Oase quiere encarnar algo de ese espíritu, pero centrado en Cristo y en la realidad del Nuevo Pacto.
¿Cómo se ve una noche Oase en la práctica?
Te cuento un posible flujo.No es una liturgia rígida, solo un ejemplo:
Inicio sencillo
Nos sentamos en círculo. Alguien ora brevemente. Empezamos con 1–2 canciones conocidas, en un tono más bien suave, dejando espacio para que todos entren.
Primer momento de cántico nuevo
En vez de pasar de canción a canción sin respirar, bajamos un poco los instrumentos, repetimos una frase sencilla y dejamos que el grupo improvise sobre ella:
algunos con palabras, otros con sílabas, otros en silencio.
Lectura bíblica breve
Alguien lee un salmo, o un pasaje sobre la cruz, la gracia, el amor del Padre. Sin predicar un sermón, quizá solo con una frase de introducción.
Respuesta mixta
Después de la lectura, abrimos el espacio para:
oraciones cortas en voz alta,
breves expresiones de gratitud,
tal vez un pequeño testimonio.
Espacio de sanidad y comunión
Preguntamos: “¿Alguien necesita oración?”.
Si alguien se anima, 2–3 personas se acercan, imponen manos con respeto y oran.
Nada de espectáculo, solo cuidado mutuo.
Segundo momento de free singing
Tras la oración, volvemos a cantar libremente, como una respuesta del corazón a lo que Dios acaba de hacer.
Cierre
Terminamos con una canción de envío y una bendición clara:
“Al salir de aquí, la verdadera adoración continúa: en tu trabajo, tu familia, tu cuarto, tus decisiones…”
En todo este flujo, suele haber 1–2 personas con cierta madurez que “velan” por la reunión:no para controlarlo todo, sino para estar atentas, frenar con amor si algo se desborda, y acompañar a quien se rompe por dentro y necesita seguimiento.
Oase no es una élite, es un entrenamiento
Algo muy importante para mí:
Oase no quiere convertirse en “el grupito espiritual especial” de la iglesia.
No es un club de “los que sienten más”, ni un refugio para criticar otras formas de culto.
Mi deseo es que sea un complemento, un espacio íntimo donde:
se enciende el amor por la Palabra,
se fortalece la comunión,
se sana el corazón,
se despiertan dones escondidos,
y, sobre todo, se entrena una postura de adoración sencilla y honesta que luego se derrama en toda la vida.
Si tú también estás cansado del show…
Tal vez tú también has salido de reuniones de alabanza con el corazón un poco vacío.Tal vez has sentido que todo estaba técnicamente perfecto, pero tu alma seguía con hambre.
No tengo un modelo perfecto para ofrecerte.Solo puedo compartir este pequeño sueño:
Un círculo de personas sencillas,un Dios grande en el centro,una música humilde,un Espíritu libre para tocar, consolar, confrontar, sanar.
Mi oración es que el Señor levante muchos “oasis” así, en distintas formas y culturas.Puede que no se llamen Oase, puede que no usen círculo, puede que no se parezcan en nada a lo que yo imagino. No importa.
Lo importante es esto:
Que volvamos a creer que la verdadera alabanzano se compra en una producción,no se mide en decibelios,no se agota en una noche,sino que es la vida entera rendida a un Dios que nos amó primero.
Y desde ahí, sí: cantemos.Con guitarras o sin ellas, con himnos o con cánticos nuevos, con risas o con lágrimas.
Pero cantemos como quien sabe que lo más precioso de la reuniónno es el sonido que sale del escenario,sino el corazón que se entrega,suave pero decidido,a los pies de Jesús.





Comentarios